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ARTICULO: GIORDANO BRUNO. FILOSOFO Y HEREJE
AUTOR: INGRID D. ROWLAND
COMENTARIOS: ROGELIO MONTENEGRO HERRERA 

PROFESIÓN: Abogado
FECHA: 15/10/11
LUGAR: Alajuela, Costa Rica.
ICONO:


GIORDANO BRUNO. FILOSOFO Y HEREJE

Ingrid D. Rowland
 
         «El martes por la mañana en Campo de’ Fiori fue quemado vivo ese malvado fraile de Nola, el que se mencionó antes: el más obstinado de los herejes, y debido a que había formado en su imaginación determinadas creencias contrarias a nuestra fe, y en particular sobre la Virgen María y los santos, este malvado hombre quiso morir obstinado en sus creencias. Y dijo que moría como un mártir, y voluntariamente, y que su alma ascendería con el humo hasta el paraíso. Bueno, ahora verá si dijo la verdad».
Avvisi di Roma
, 110r-v (Despacho de Roma, el 19 de febrero de 1600)
         La mayoría de los seres humanos nacemos, vivimos y morimos sin que en la Historia quede registro alguno de nuestro paso. Pero a veces sucede que determinados personajes sí quedan registrados, sí pasan por la Historia, a modo de figurantes desempeñando un papel más o menos relevante. Y otras veces, las menos, sucede que algunos no sólo pasan por sino que pasan a la Historia, porque su papel ha sido de peso, y por ser de peso han dejado poso, un poso que es justo lo que les ha permitido pasar a la Historia. Quién sabe si fue la época en la que vivieron, o las circunstancias que les tocaron vivir, lo que ha hecho que esos pocos individuos hayan pasado a la Historia y hayan pesado en ella. Quién sabe si Filippo Bruno, de no haber nacido donde y cuando lo hizo, habría llegado a ser Giordano Bruno, el filósofo nolano, mártir y hereje, místico y astrónomo, profesor y poeta, dominico y calvinista, y en definitiva símbolo (voluntario o no) del librepensamiento y de la rebeldía frente a los poderes establecidos. Probablemente no, pero como dijo Ortega y Gasset, las circunstancias que a cada uno nos toca vivir nos son inseparables y forman parte de nuestro propio yo. Quién sabe por tanto si la vida de Filippo da Nola habría sido diferente en otras circunstancias, si su peso en la Historia habría sido mayor o menor; pero lo que es seguro es que la Historia no sería la misma sin el paso por ella del nolano.
         Alguna singularidad ha de haber en la figura de Giordano Bruno para que nunca haya recibido el perdón institucional de la Iglesia, que sí han recibido otros personajes heréticos como Galileo. Habiendo sido ajusticiado públicamente en el año del jubileo de 1600, habría sido quizá un buen momento el jubileo del 2000, cuatrocientos años más tarde, aniversario además de su muerte, para pronunciarse a favor de ese perdón. En cambio, «el papa Juan Pablo II declaró, por mediación de dos cardenales, Angelo Sodano y Paul Poupard, que Bruno se había desviado demasiado de la doctrina cristiana como para concederle el perdón cristiano. Los inquisidores que sentenciaron al filósofo a su espantosa muerte, añadían los cardenales, deben ser juzgados a la luz de los tiempos horribles que les tocó vivir». La cita pertenece al prólogo del libro de Ingrid D. Rowland Giordano Bruno. Filósofo y hereje, interesantísimo ensayo sobre la vida y época del filósofo de Nola que, en un tono en general aséptico, a veces apasionado y siempre ameno, hace un recorrido por la Europa de la segunda mitad del siglo XVI tomando como eje vehicular el recorrido vital de Fra Giordano.
         El libro nos muestra una imagen sin sorpresas de Giordano Bruno, que coincide con la que nos ha transmitido la Historia: de carácter irritante y algo irritable, terco y de lengua afilada, agudo y mordedor, rebelde e inconformista; Bruno fue fugitivo de la Inquisición durante prácticamente toda su vida, desde que como estudiante empezó planteando dudas sobre cosas que no debían dudarse y más tarde, como profesor y pensador, continuó afirmando lo que estaba prohibido afirmar. Nunca, ni en las prisiones de la Inquisición en Venecia o en Roma, se mordió la lengua ni se retractó de nada que su conciencia le permitiera (y ésta le hacía pocas concesiones, ciertamente), y casi podría afirmarse que fue su obstinada actitud, más incluso que sus opiniones sobre teología y cosmología, la que le condenó. Se conoce bastante sobre la vida de Bruno gracias a que se han conservado los archivos del largo proceso al que  le sometió la Inquisición, en los cuales el propio Bruno, preguntado por los inquisidores venecianos y romanos, relata numerosos episodios de su vida. Y es esa vida la que Ingrid D. Rowland, profunda conocedora del siglo XVI italiano, nos describe con gran lujo de detalles, contextualizándola con el entorno de la época.
         Nacido en la pequeña población italiana de Nola, Filippo Bruno fue educado desde muy joven entre los dominicos en el mismo convento de Nápoles que unos 300 años atrás se viera honrado con la imponente presencia de Tomás de Aquino (de cuya capacidad intelectual se decía que le permitía dictar cuatro libros a cuatro secretarios a la vez, y cuyo grueso cuerpo necesitaba de una mueca en la mesa del refectorio para que pudiera sentarse a ella a comer). Una de las tesis que hubo de defender Bruno para aprobar unos exámenes tuvo como título, curiosamente, Todo lo que dice Tomás de Aquino en la Suma de los gentiles es cierto. Ya desde sus primeras inquietudes filosóficas y teológicas conoció el nolano el largo brazo de la Inquisición. Como muestra de esas peligrosas inquietudes vale la pena citar su enfrentamiento dialéctico con un eminente profesor de filosofía, Fra Agostino da Montalcino, que el propio Bruno relataría así años más tarde: «En una conversación con Fra Montalcino, que dijo que los herejes eran ignorantes y carecían de términos escolásticos [para su argumentación], le respondí que, aunque no pudieran concordar sus puntos de vista con la disciplina escolástica, planteaban sus intenciones de manera efectiva (…) En ese punto el Padre saltó, junto con los presentes, y dijo que estaba defendiendo a los herejes, mientras que lo único que yo quería afirmar era que eran instruidos».
         Filippo, quien escogió para sí mismo el nombre de Giordano inspirándose en el río Jordán, llevó una vida de peregrinaje por toda Europa perseguido con relativo ahínco por los poderes inquisitoriales que le obligaron a buscar refugio en tierras mucho más septentrionales que su pueblo natal. El ensayo de Rowland recorre con él el norte de Italia, el sur y norte de Francia, Inglaterra y Alemania, acompañando cada paso de Fra Giordano con descripciones ora someras, ora detalladas, del ambiente que se respira en esa época en las ciudades por las que pasa el filósofo: Roma, Venecia, Padua, Lyon, París, Londres, Oxford, Wittenberg, Zúrich, Frankfurt, Praga… Se nos muestra a un Bruno poseedor de una prodigiosa memoria; conocedor de las técnicas mnemotécnicas del místico catalán Ramon Llull; interesado en la magia y el ocultismo; estudioso de la astronomía y la matemática; y sorprendido de la estupidez humana universal (la «asnalidad», «asinità»), que es capaz de honrar la reliquia de la cola del asno que llevó a Jesús a Jerusalén. Se nos dan también pequeñas pinceladas sobre el auge de la novela picaresca que nace en España, sobre el creciente peso del protestantismo (no hacía tantos años que Lutero había colgado sus 95 tesis en Wittenberg), sobre la matanza de hugonotes en Francia en 1572, o sobre el cada vez más frecuente uso de lenguas vernáculas en los escritos eruditos en lugar del latín (el propio Bruno escribía en latín o en italiano según su conveniencia).
         Bruno dio clases en universidades de muchas de las ciudades que recorrió, aunque su  suerte en esos lugares fue dispar. Dio clases, por ejemplo, en Ginebra, donde no le fue demasiado bien (al no estar bien visto que discutiera con un profesor de un curso en el que Bruno se había inscrito, envió a la imprenta una hoja en la que enumeraba veinte errores que aquel hombre había cometido en una sola clase; Giordano fue obligado a pedir perdón); en París, donde  se ganó rápidamente la confianza del propio rey Enrique III; en Oxford, donde tuvo que soportar las estúpidas burlas de los ingleses acerca de su aspecto, su figura, su gesticulación e incluso su pronunciación (Bruno abría sus plegarias en latín con un «benedicite» que pronunciaba con acento italiano, «benedichite», mientras que para los ingleses la pronunciación correcta debía ser como si fuera una palabra inglesa, «binidaisiti»); o en Wittenberg, ciudad en la que cosechó fama y éxito.
         Los últimos capítulos del libro están dedicados a los casi ocho años que duró el proceso de Giordano Bruno desde que fue denunciado en Venecia y entregado a la Inquisición por el hombre a quien daba clases particulares, hasta su traslado años más tarde a la cárcel de Roma y su posterior ejecución en la Piazza di Campo de’ Fiori el año 1600. El arma que utilizó el Santo Oficio contra la dureza argumental y la terquedad del nolano fue un eminente teólogo jesuita, que según todos los informes era la mente teológica más incisiva de la época: el cardenal Roberto Bellarmino («No he leído prácticamente ningún libro al que no hubiera querido hacerle una buena censura», escribió en una ocasión). La condena final que recayó sobre Giordano Bruno decía que sus inquisidores «proclamamos en estos documentos, afirmamos, pronunciamos, sentenciamos y declaramos que vos, el arriba mencionado Fra Giordano Bruno, sois un impenitente, pertinaz y obstinado hereje, y por esa razón estáis incurso en todas las censuras y castigos eclesiásticos de los cánones, leyes y constituciones sagrados, en general y en particular, como los que se imponen a dichos herejes confesos, impenitentes, pertinaces y obstinados; y como tal os degradamos de palabra y declaramos que debéis ser degradado (…); y que seáis expulsado, como ahora os expulsamos nosotros, de nuestro tribunal eclesiástico y de nuestra santa e inmaculada Iglesia, de cuya misericordia sois indigno (…). Además, condenamos, reprobamos y prohibimos todos los libros arriba mencionados y otros libros y escritos vuestros como heréticos y erróneos, puesto que contienen muchas herejías y errores, ordenando que todos los existentes en este momento y todos los que aparezcan en el futuro deberán ser consignados al Santo Oficio para ser públicamente destruidos y quemados en la plaza de San Pedro, ante las escaleras, y como tales deben ser incluidos en el Índice de libros prohibidos, tal como ordenamos ahora que se haga. Y así establecemos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, degradamos, mandamos y ordenamos, expulsamos y liberamos y rogamos en este y en todos los demás modos y formas más vinculantes que haremos lo que podemos y debemos razonablemente hacer». A los pocos días de escuchada la sentencia Giordano Bruno fue quemado vivo en la hoguera, y una losa de silencio sepultó al nolano hasta que en el siglo XVIII volvieron a reeditarse algunos de sus libros y su pensamiento volvió a ser tomado en consideración.
         El ensayo de Rowland, frecuentemente salpicado (como así ha de ser) por citas del propio Bruno o de otros personajes de la época, supone una lectura interesantísima para conocer, más que la filosofía de Giordano (que es abordada pero no a fondo, pues no es ese el objetivo), su trayectoria vital, la cual no deja de ser un fiel reflejo de su pensamiento. Se trata, pues, de un excelente trabajo de investigación, y por tanto de un muy buen acercamiento a la figura del filósofo italiano.
 
COMENTARIO DEL LIC. ROGELIO MONTENEGRO 22-10-2011
 
         Aparte de los confusos e interesantes puntos de vista de GIORDANO BRUNO [ progresistas para la época ],  La creencia en la reencarnación, la transmigración de las almas, la idea de que el hombre y los animales son en esencia , la misma cosa:  “ de la misma manera que las bestias nacen de la corrupción, así también lo hacen los hombres” . Los mundos infinitos y la naturaleza eterna del reino físico también son dos conceptos básicos de su filosofía, Además Bruno condenaba el concepto de la Santísima Trinidad ya que apoyaba el arrianismo.
          Así las cosas, dictaminó el Santo Oficio de la Inquisición Veneciana en 1600: SENTENCIAMOS Y TE DECLARAMOS A TI GIRDANO BRUNO , HEREJE IMPERTINENTE Y PERTINAZ, POR LO QUE HAS INCURRIDO EN TODAS LAS CENSURAS Y PENAS ECLESIÁSTICAS DEL SANTO CANON ( se le condeno a morir en la hoguera )
         Lo mas importante Bruno, no fue uno de los miles que murieron como mártires en la hoguera; fue diferente fue el único librepensador, lo quemaron por lo pensaba.
         Era un hombre que deseaba conducir la humanidad hacia la razón, que quería conceptualizar libremente en vez de que otros determinaran nuestros pensamientos.
         Termino este comentario parafraseando a Giordano en unas de sus ponencias de su libro: LA CENA DEL MIRCOLES DE CENIZA, que ad-litteram expresa:
 
         OH DIFICAUTADES QUE SOPORTAR, CLAMA EL COBARDE, EL VELETA, EL QUE CARECE DE ÁNIMO, AQUEL QUE TIENE LA CABEZA LLENA DE PÁJAROS. LA TAREA NO ES IMPOSIBLE, AUNQUE SI DÍFICIL. EL PUSILÁNIME DEBE HACERSE A UN LADO. LAS TAREAS FÁCILES SON PARA EL REBAÑO Y LAS PERSONAS VULGARES. LOS HOMBRRES EXCEPCIONALES HEROÍCOS Y DIVINOS SUPERAN LAS DIFICULTADES DEL CAMINO Y ARRANCCAN UNA PALMA INMOTAL DE LA NECESIDAD. TAL VEZ NO LEGUES A ALCANZAR TU META, PERO AUN ASI CORRE LA CARRERA. INVIERTE TUS FUERZAS EN TAN ALTA IMPRESA. SIGUE LUCAHDO CON TU ÚLTIMO ALIENTO.

 

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